“SOY UNA TRAPERA DEL TIEMPO”

Gabriela Méndez dice que tiene que ser una “trapera del tiempo” para robarle minutos al día. Nos habla de sus cuatro hijas, su trabajo en un colegio, de su vida social, y de sus grandes aficiones: la pintura y la música.

22 de junio de 2010
Poco a poco, me voy acostumbrando a ser una especie de “trapera del tiempo” y a robarle al día los minutos. Todos los retales sirven. Así que ahora, cuando, por ejemplo, podría darle otras dos pinceladas a un retrato que unos amigos me han pedido (son mis primeros encargos pictóricos), aparto los pinceles y, a vuelatecla, cuento algo de mi historia.

Opus  Dei -

No traigo un relato extraordinario, y, a mis 31 años, sería presuntuoso escribir una especie de autobiografía; pero, ya que me insisten, empezaré diciendo que mi padre es supernumerario del Opus Dei y que forma con mi madre un matrimonio de jóvenes abuelos que me apoyan muchísimo.

Estudié en Peñaubiña, un colegio de Fomento de Oviedo, y más tarde Derecho en la Universidad de Oviedo. Desde pequeña participé en las actividades de un club de la Obra, Montealegre, aunque de manera intermitente, según lo permitía o no la organización familiar.

Tengo grandes amigas supernumerarias y numerarias, pero debo subrayar el papel de una grandísima e íntima amiga supernumeraria que fue decisiva en mi decisión de hacerme del Opus Dei. Yo lo veía claro, pero su historia y su vida me resultaron muy estimulantes a la hora de confiar en las posibilidades de encajar mi trato con Dios en una vida ordinaria y muy ajetreada (y eso que entonces aún no era madre…).

Opus Dei -

Un padre fantástico y un cuarteto de cuerda
Otro pilar fundamental de mi vida es Alfonso, mi marido. Ahora que no me oye, hablaré bien de él. Reúne tantas cualidades que a veces pienso que no me lo merezco. Quizá destacaría su capacidad intelectual, que está desbordando las posibilidades arquitectónicas de nuestra pequeña vivienda… También valoro su sensibilidad y, especialmente, su sentido del humor, que es algo fundamental en esta vida (de ahí nuestra común afición a Les Luthiers). Por resumir, creo que Alfonso es un padre fantástico, un genio; pero no un genio chiflado de las matemáticas, de esos que escriben fórmulas en los cristales de su casa. Él es más bien de frases cortas en una libreta Moleskine o, si se tercia, en un folio doblado. Sencillamente es un tipo genial que, en su faceta más seria, se dedica a la abogacía.

Tenemos cuatro hijas: Gabriela (7 años), Candela (4), Lola (2) y Estrella (6 meses). Tienen esa particular virtud de entenderse mientras hablan todas a la vez (menos la de 6 meses, claro, que se suma a la sinfonía emitiendo ruidos diversos). Nos han dado ya muestras sobradas de eso, tan propio de los niños, que consiste en ofrecer a los padres lecciones discretas sobre cosas importantes. Como, por ejemplo, cuando a mi cuñada Mamen le robaron la cartera. Nos lo estaba contando un día con gran rabia y consternación cuando, de repente, Gabriela (que entonces tenía 6 años recién cumplidos) trató de ponerle remedio a la situación y apareció con sus escasos ahorros en la mano, contribuyendo así, con todo lo que tenía, a la reparación del daño y al buen ánimo de su tía. “Toma, Mamen, para cuando tengas otra cartera”.

Encaje de bolillos en la vida ordinaria
Trabajo en un colegio de Fomento que se llama Peñamayor, como personal no docente. Llevo la atención de los padres, hago de secretaria de dirección… A mi tarea podría aplicársele la etiqueta de “varios”. Es un trabajo agradable que procuro ofrecer al Señor todos los días, con los pros y los contras que me depare la jornada. Con todo, el reto de mi trabajo no es pequeño: matener siempre viva la sonrisa. Intento tener a Jesús presente en mi labor y eso me ayuda a realizarla de la mejor manera posible, como imagino que Él la haría si estuviera en mi lugar.

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Para eso que se llama conciliación trabajo-familia, hago encaje de bolillos, como tanta gente. Hay que organizarse y aprender a delegar, porque hay cosas que, aunque no estén hechas como tú las harías, son delegables, y cosas (por ejemplo, la educación de los hijos) que no son delegables en absoluto. Hay que formar un buen equipo. Me gusta trasladar esa idea a la familia: la idea de “equipo”, que se entiende bien y es muy animosa.

Y, de alguna manera, parte del equipo es la persona que me ayuda en casa, que es más que una ayuda: es algo así como un ángel de la guarda.

¿Un día normal? Nos levantamos, intentamos encender el cerebro y empieza todo. Tratamos (¡y a veces lo conseguimos!) de que el desayuno sea familiar; así paliamos de alguna manera que, entre semana, no podamos estar todos juntos a la hora de la comida. Luego vestirse, al colegio, y trabajo, trabajo, trabajo. Por la tarde, recogida de las niñas, recados, a casa, baños, cenas y las niñas a la cama. Después, Alfonso y yo intentamos (y eso sí que lo conseguimos) hablar un rato. Hasta que nos rendimos al sueño.

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En todo este entramado, es fundamental –o, al menos, intento que lo sea– mi trato con el Señor: Misa, oración, rosario. Lo ideal sería tener un horario más o menos fijo, pero actualmente fluctúa mucho. Deben de ser cosas de la vida ordinaria.

Gran parte de nuestro tiempo lo gastamos (¡bendito gasto!) con los amigos: familias y matrimonios con los que nunca se agota la conversación; y eso –creo– es garantía de la verdadera amistad.

Hobbies y “Operación Triunfo”
Y luego está lo que se suele denominar “hobbies” y que, en mi caso, son algo más que eso. Me refiero a la música (estuve varios años en el Coro Universitario de Oviedo y allí nos conocimos Alfonso y yo), la clásica y la que, al menos de momento, no lo es tanto (le recomiendo a todo el mundo el último concierto de Jorge Drexler), y, sobre todo, a la pintura.

No soy muy de soñar, porque eso de los “sueños” me suena un poco a “Operación Triunfo” y al “éxito” a corto plazo. No persigo ese éxito; trato, más bien, de que mi vida dé frutos. Y en ese empeño estoy, día a día, dándole gracias a Dios por cada pequeño trapo de tiempo.

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